Se Trata de Mí 

 Blog ADH

Puede haber instituciones cuidadosamente construidas, políticas, religiosas, económicas, pero cualquiera que sea la construcción de éstas, a menos que nuestra conciencia interna esté en orden total, el desorden interno siempre se reflejará en lo externo. Hemos visto esto históricamente y está sucediendo ahora frente a nuestros ojos. Esto es un hecho. El punto de inflexión es nuestra conciencia.

El prejuicio tiene algo en común con los ideales, creencias y fes. Debemos poder pensar juntos; pero nuestros prejuicios, nuestros ideales, etc., limitan la capacidad y la energía requeridas para pensar, observar y examinar juntos para descubrir por nosotros mismos qué hay detrás de toda la confusión, la miseria, el terror, la destrucción y la tremenda violencia en el mundo. El pensamiento es el factor común de toda la humanidad.

Resulta difícil reconocer que se depositaron esfuerzos, recursos y sentimientos en el lugar equivocado, pero es necesario hacerlo. En realidad, los vínculos fundados en el temor no nos sirven. Nos aferramos a los malos hábitos porque realmente no nos esforzamos por crecer y necesitamos una excusa para justificar nuestros fracasos. Conservamos nuestros malos hábitos porque en realidad no nos queremos. La amenaza de perder la falsa seguridad de las viejas convicciones debilita paulatinamente la capacidad de mejorar.

La sociedad siempre ha estado compuesta por: a. súbditos pasivos, b. líderes poderosos y c. enemigos sobre quienes se proyecta la culpa, inferioridad, odio y hostilidad: los chivos expiatorios. La raíz del mal causado por el humano no es su parte animal sino su necesidad de importancia, de negar su propia mortalidad y adquirir una imagen heroica de sí mismo.

La satisfacción profunda de estar viviendo el diseño natural de tu existencia proviene en gran parte de la medida en que estés desarrollando el "capital semilla" que obtuviste de la familia, la sociedad, la cultura, la facultad... Esta semilla se desarrolla yendo más allá de los límites de este capital inicial, enriqueciéndolo con tu propia indagación, experiencia y aprendizajes posteriores.

Cuando nuestro punto de vista está amenazado todos nos sentimos inseguros. ¡A nadie le gusta reconocer que el problema puede en parte ser uno mismo! El objetivo de crecer es superarse. Aceptemos la vida como un obsequio. Aceptemos la responsabilidad de actuar según nuestros mejores y propios intereses. Pensemos que si somos buenas personas lo que buscamos para nosotros también será bueno, en tanto y en cuanto seamos honestos con nuestras necesidades.

La persona corporativa moderna, los burócratas, las tribus estancadas en la tradición, cualquier persona que no entienda lo que significa pensar por sí mismo y que le asuste ser audaz y exponerse, prefiere ser pasiva e imitar a otros. Estas son descripciones perfectas del “humano cultural automático”, el humano confinado por la cultura, esclavo de ella, consumista, que imagina que si adquiere lo último que la propaganda va ofreciendo tiene su vida bajo control.

Cuando una persona crece, abandona el modo en que se veía a sí misma. Parte del dolor del crecimiento deriva del hecho de darse cuenta de que se ha sido deshonesto con uno mismo, y ese pesar hace que la gente cambie. Siempre hay que dar un salto para renunciar a lo que es falso. Cuando comprendemos que nos estuvimos engañando tratamos de ser mucho más honestos.

La única preocupación que valdría la pena es: ¿Cuál es mi verdadero talento, mi don secreto, mi vocación auténtica? ¿En qué soy único de verdad y cómo puedo expresar esta singularidad, darle forma, dedicarla a algo fuera de mí mismo? ¿Cómo puedo enriquecerme a mí mismo y a la humanidad con mi talento, mi individualidad, mis emociones y anhelos?

La persona que desperdicia su vida negándose a sí misma por un sentido de obligación equivocado no hace más que disminuirse y lastimar a otros. A menudo, esa persona exagera ese sentido de obligación para justificar su autorrechazo. Considera que sus obligaciones la absorben porque teme mirar su vida como alguien libre. Siente que, ante todo, tiene responsabilidades hacia otros y utiliza esa obligación exagerada para justificar su fracaso en el logro de su propio potencial y como excusa para no asumir riesgos.

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